A unas escritoras incipientes de literatura infantil chilena les preguntaron por qué escriben para niños y respondieron con la ingenuidad más peligrosa: “para rescatar valores, integrar, educar, sensibilizar, crear conciencia”. La pregunta ya es tramposa, pero la respuesta lo es aún más, porque confirma el catecismo que hace décadas persigue a la literatura infantil en Chile: convertirla en sermón pedagógico. Paulo Freire lo advirtió: educar no es domesticar. Sin embargo, aquí la escritura para niños se somete dócilmente a la lista de deberes sociales que los adultos no cumplen pero desean inculcar. Graciela Montes, con su idea de la frontera indómita, lo dijo con claridad: la literatura no se escribe para lavar los dientes de nadie, sino para abrir mundos de sentido que no caben en la obediencia
Desde la dictadura en adelante —y ese “desde” ya es demasiado tiempo— el arte en Chile quedó subordinado a la pedagogía, como si toda práctica cultural debiera servir a la función de educar. La literatura infantil, por tener como destinatarios a los niños, se volvió el laboratorio ideal para esa domesticación. Foucault habría reconocido ahí un dispositivo de control social: un conjunto de saberes, prácticas e instituciones que modelan cuerpos dóciles bajo la coartada de la educación. Paulo Freire, en cambio, insistía en que la educación verdadera es praxis liberadora, nunca catecismo. Y mucho antes, los anarquistas de principios del siglo XX ya defendían escuelas modernas donde la lectura y la escritura eran experiencias de emancipación, no de obediencia. Lo inquietante es que en plena globalización sigamos repitiendo la lógica dictatorial del arte como manual de urbanidad, disciplinando la imaginación infantil en nombre de la “formación en valores”.
La lista es interminable: los niños deben lavarse los dientes, deben acostarse temprano, deben ser ordenados, deben ser tolerantes con los “diferentes”. Pero ¿quiénes son esos diferentes? Casi siempre los discapacitados, los indígenas, los pobres, los campesinos: los mismos grupos históricamente estigmatizados, ahora presentados como objetos pedagógicos de la tolerancia. Graciela Montes lo advirtió: cuando la literatura se reduce a la corrección de conductas, deja de ser literatura y se convierte en manual de urbanidad ilustrado. El gesto parece loable —¿quién podría estar en contra de la tolerancia o de la higiene?—, pero encierra la trampa de la autoexclusión: enseñar a los niños a nombrar a los “otros” como tales es perpetuar la distancia, inculcar una discriminación “bienintencionada”. Lo que debería ser frontera indómita se vuelve cartilla escolar, espejo moralista donde el adulto deposita valores que rara vez practica
Lo paradójico no es solo que esa lista infinita de deberes no sea función de la literatura, sino que los adultos que la imponen rara vez la cumplen. Vivimos en sociedades donde la intolerancia campea, donde el desprecio hacia los pobres, los indígenas o los discapacitados se practica a diario, pero la buena conciencia se tranquiliza estampando valores en un libro infantil de tapas duras y dibujos “bonitos”. Sara Ahmed diría que se trata de un trabajo afectivo: la emoción puesta en circulación para sostener un orden social. Y Žižek lo completaría con su ironía habitual: el consumo moralista que permite sostener la hipocresía —comprar un libro sobre la tolerancia mientras uno sigue discriminando alegremente en la vida cotidiana. La literatura infantil, reducida a herramienta pedagógica, se convierte así en placebo ético para padres ansiosos, más interesados en calmar su culpa que en abrir mundos de libertad para sus hijos.
Por supuesto, este no es el estado general de la literatura infantil en el mundo. Quienes tienen los recursos para viajar, importar libros o acceder a bibliotecas bien nutridas descubren que existen obras que no reducen la infancia a manual de urbanidad, sino que se piensan como literatura a secas: juego con el lenguaje, exploración de lo desconocido, apertura a mundos posibles. No se trata solo de experiencia estética, sino de un hecho social y político: la literatura que llega a los niños modela imaginarios colectivos, abre horizontes o los clausura. Lo que distingue esas obras no es su “pureza artística”, sino su capacidad de escapar a la catequesis moralizante y a la propaganda disfrazada de cuento. Pero ese acceso no es universal: depende de capitales económicos y culturales heredados. Bourdieu lo mostró con claridad: la distinción se cultiva desde la infancia. No basta con que existan bibliotecas, hace falta la oportunidad —y la legitimación social— de entrar en ellas.
Lo que me inquieta es ver a nuevas escritoras, hijas de la globalización como ellas mismas se definen, repetir la misma trampa: creer que la literatura infantil es ante todo una herramienta pedagógica. Vuelven a maquillar sus relatos con mensajes bienintencionados, ilustraciones “bonitas”, finales edificantes, como si el envoltorio bastara para legitimar el sermón. Pero ese maquillaje de lo lindo y lo bueno no hace sino reforzar la catequesis moralizante que domestica la imaginación. La literatura, en cambio, debería ser otra cosa: un juego, sí, pero un juego que abre mundos, que desordena jerarquías, que no teme rozar lo extraño, lo inquietante, lo contradictorio. Lo político de la literatura infantil no está en enumerar deberes ni en exhibir valores, sino en dar a los niños la posibilidad de habitar la palabra como espacio propio, no como dogma.
domingo, 14 de diciembre de 2008
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