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sábado, 3 de septiembre de 2011

La vieja

A los pies del volcán el jorobado vivían tres huérfanos. Nadie, en el pueblo cercano, sabía cómo habían llegado hasta allí, simplemente aparecieron en una cabaña abandonada de una noche al día siguiente.
Una mañana, el menor de los hermanos salió a los lindes del bosque que rodeaba el volcán a buscar moras y otros frutos. De pronto, entre los arbustos pinchudos, se le apareció una anciana con un canasto lleno de moras negras, la mujer más vieja que él hubiese visto. Se saludaron.
"Esta señora debe de tener más de cien años", pensó mientras la observaba. La anciana le contestó, como si lo hubiese escuchado:
– Más de mil, más de mil años tengo y pienso vivir mil más.
Eso, el niño no se lo creyó, pero no quiso discutir para no faltarle el respeto. Luego se despidieron, el niño bajando a la cabaña, la anciana adentrándose en el bosque.
Una vez en la casa, durante el almuerzo que había preparado la hermana mayor, el niño contó lo que le había sucedido en el campo de moras. El hermano lo encontró muy extraño y la hermana, imposible.
A la mañana siguiente, el hermano fue a buscar moras y se encontró con la vieja, medio camuflada entre las moras con su traje negro y el pañuelo verde. Se saludaron.
"Si esta señora tiene más de mil años ¿dónde ha vivido todo este tiempo?", pensó mientras la observaba. La anciana levantó la cabeza de entre los arbustos y le contestó:
– Mil años, más de mil años llevo viviendo en este mismo bosque y pienso vivir otros mil.
Eso, el niño no se lo creyó, pero no le contestó para no faltarle el respeto.  Luego se despidieron y cada uno tomó su camino.
En casa, el chico contó lo que le había pasado en el campo de moras. El más pequeño lo miró sorprendido y la hermana dijo que era imposible.
Al día siguiente, la hermana quiso ir al campo de moras a ver si encontraba a la vieja. Llenó su canasto de moras, pero no la encontró. Al llegar a la cabaña les dijo a sus hermanos que la historia de la anciana no era más que una mentira.
Los dos hermanos, un poco ofendidos, decidieron que debían ir los tres para probarle a la hermana que no era una mentira. Así que, al día siguiente, a la misma hora, arrastraron a la niña hasta el campo de moras. Y allí estaba la anciana esperándolos y, como de costumbre, los chicos la saludaron, pero la hermana no vio nada.
– Yo no veo nada, ustedes me quieren engañar hablándole al aire– y dando media vuelta bajó a casa.
Los dos niños la miraron sorprendidos bajar por los cerros, pensando "¿por qué no la ve?". La anciana, entonces, les contestó:
– Hay quienes no pueden verme. Hay quienes no pueden ver ciertas cosas porque la edad se los impide, a medida que crecen, menos ven.
– Usted ¿vive en el bosque?– preguntó el más chico.
– Sí ¿quieren venir?
Los dos niños no se atrevían, pero no quisieron negarse para no faltarle el respeto y, tomándole las manos, la siguieron al interior del bosque.
Mientras, la hermana, que había llegado a casa, preparó el almuerzo y se sentó a esperarlos, hilando la lana de sus ovejas. Y así estuvo esperándolos, mil años estuvo, y los hermanos nunca regresaron.

martes, 9 de agosto de 2011

La sirena voladora de Isla Negra


Un pescador que vivía frente a la playa en Isla Negra, sobre una pradera que miraba al océano Pacífico, donde podía oir las olas reventar en las rocas y oler el yodo en la brisa marina, todas las noches de luna llena quedaba fascinado por el canto de una criatura desconocida.


Una  de estas noches de luna llena, una noche especialmente helada, con un viento fuerte que levantaba enfurecido altas olas que rompían con dolor en las rocas, el pescador escuchó un extraño ruido sobre su cabaña, como si un volantín volara perdido y golpeado en el cielo. Tanto ladraba el perro del pescador, que decidió salir a ver qué sucedía. Vio sobre su cabaña un cometa que era llevado por el viento de un lado a otro. El pescador, sin embargo, no estaba seguro de que fuera un volantín porque lo veía a contraluz de la luna llena. Subió, entonces, por las rocas hasta el tejado de su cabaña para ver mejor. Una vez arriba comprobó que no se trataba de un volantín, sino de una criatura atrapada por el viento.


El pescador bajó a  la cabaña a buscar una frazada para atrapar a la criatura, lanzó el paño de lana sobre ella y ésta cayó en la arena, en el pequeño patio florido del pescador. Al sacar la frazada el pescador vio a una sirena.


- Por favor, devuélveme al mar- le rogó la sirena.


El hombre no podía ni reaccionar ante la visión de esta criatura fantástica.


- Por favor, devuélveme al mar- repitió.


Al pescador, que no se atrevía a tocarla, se le ocurrió que podría ganar muchísimo dinero con semejante ser vivo.


- ¿Cómo es que una sirena vuela?- le preguntó.


- No vuelo. Como cada noche de luna llena salí a cantarte, pero entonces el viento me atrapó por mis aletas, tan grandes como alas, y no me quería dejar ir hasta que tú me salvaras. Por favor...

El pescador se quedó un momento en silencio, pensando.  La brisa de las olas que reventaban contra las rocas lo estaban empapando. Miró muy detenidamente a la criatura y, entonces, por fin,  decidió devolverla al mar.

jueves, 7 de julio de 2011

El gato astral

Esta historia la encontré entre algunos documentos que recolecté para un trabajo sobre fotografía:

El 1 de abril de 1889, en un periódico científico dedicado a la divulgación de los diversos avances de la ciencia y tecnología de la época se cuenta que en el Club de fotógrafos de un pueblo llamado Alcalde, en un lugar de Estados Unidos, el prestigioso investigador Jordan reunió siete personas que sentían especial atracción por los gatos, al igual que él mismo.

En este Club, el doctor Jordan y un fotógrafo habían creado un sistema que permitía fotografiar los pensamientos. Ésta no era una idea del todo novedosa. Antes que ellos, muchos científicos de Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, de los que se sabe y ha quedado registro, ya estaban experimentando con lo que podría llamarse la mentalofotografía, si quereremos darle un nombre, algunos incluso prescindiendo de la cámara: simplemente se miraba una placa fotográfica en plena oscuridad por varios minutos concentrados en una imagen o recuerdo para que, al revelarse, la imagen hubiese quedado impresa en esta placa.

El doctor Jordan, convencido de que ésta era una más de aquellas experiencias, tenía otro propósito: quería capturar la verdadera esencia del gato, no cualquier gato, no un gato en particular, si no la única y verdadera idea de gato que tiene el ser humano, el gato astral. Por eso, entre otras cualidades, como la capacidad de concentración y un "aura" especial, los voluntarios para el experimento tenían que ser amantes de los gatos.

El doctor Jordan y su fotógrafo reunieron a las siete personas en un cuarto oscuro y conectaron sus ojos, mediante electrodos y una variedad de cables, a una cámara fotográfica (de esas antiguas, imagínense) con una placa senbilizada en ella, como si fueran a tomar cualquier fotografía. Una vez todos conectados, en plena oscuridad y silencio, el doctor Jordan le pidió a sus voluntarios que se concentraran en la idea gato. Oscuro, silencioso, más de veinte minutos cada uno pensó lo mejor que pudo sobre la idea de gato.

Después, tanto el doctor Jordan como el fotógrafo fueron a revelar la placa fotográfica. Jordan hace una detallada descripción de la fotografía obtenida, ya que ésta no se publicó junto con el artículo en cuestión. Era evidente al observar el resultado, dice, que cada uno de los voluntarios pensó en un gato diferente (no vamos a dar sus nombre para no alargar la historia con datos no comprobables): uno imaginó un rostro en primer plano con unos enormes y largos bigotes grises; otro pensó en un gato de tres colores de perfil; una de las mujeres vio en sus pensamientos un gato de medio costado con un collar, mientras que una chica de 17 años lo pensó enrollado sobre sí mismo.

El resultado, concluye el doctor Jordan, no fue del todo satisfactorio, puesto que, como se puede desprender de la descripción de la fotografía, lo que se obtuvo fue una suerte de collage cubista de todos los pensamientos de los voluntarios y no la idea general, única y verdadera que el ser humano tiene del gato. Nunca se puso en duda que se hubiera podido fotografiar los pensamientos ni, tampoco, de que existía la posibilidad de que no hubiera una verdadera y única idea de gato.

Al final de su artículo, el doctor Jordan anuncia que la próxima experiencia con el mentalofotograma será la de registrar los pensamientos de gatos voluntarios para saber cuál es la idea que ellos tienen del ser humano.

viernes, 24 de junio de 2011

Eva Luna

Ésta es una noticia que leí hace un par de años.
Eva Luna, una niña de cinco años, aburrida de observar a su madre trabajar en la casa de un lugar llamado Laguna Verde, frente al mar y rodeado de plantaciones de pino y eucaliptos, comenzó a jugar con los tres perros de la casa. Entre saltos y carreras, Eva Luna y los perros se fueron internando en las plantaciones aledañas, lo que habrá hecho el juego más emocionante después de haber leído algunos de esos cuentos como Hansel y Gretel o Caperucita. Pronto, porque siempre es pronto cuando se juega, llegó la noche. Era invierno y estaba muy frío. Al atardecer suele bajar una niebla helada que todo lo cubre y casi nada deja ver hasta la mañana siguiente. Eva Luna y los perros buscaron refugio en el hueco, muy grande, de un pino muy viejo (por eso su tronco era tan ancho).
A eso de la hora de la merienda, la madre se dio cuenta de que la niña no estaba con ella, como siempre. La buscó en el jardín de tierra y no la encontró. La buscó dentro de la casa, por todos los rincones, abajo de las camas y los sillones, adentro de los muebles y baúles y no la encontró. La madre, como le hubiera sucedido a cualquier madre, entró en pánico, empezó a gritar y llorar. Vinieron los vecinos, vino la madre que vivía unas casas más allá. Todos se pusieron a buscar a Eva Luna, pero no la encontraron.
Decidieron, entonces, llamar a los carabineros.
Tres días enteros, con sus noches, buscaron a Eva Luna recorriendo pedazo por pedacito los alrededores de la casa, incluidas las plantaciones de pino y eucaliptus y no la encontraron.
Entonces, trajeron a un perro, Arauco, que trabajaba en eso, en buscar personas perdidas. Arauco tomó decidido un camino entre los árboles, cerro abajo, en dirección al mar. Los demás, madre, abuela vecinos, carabineros, periodistas (porque ya habían llegado los periodistas que cuentan esta historia), siguieron al perro Arauco. Caminaron más de dos kilómetros hasta que llegaron a un enorme y viejo pino con un agujero en su base. Arauco se metió y comenzó a ladrar. Todos corrieron. Pero no encontraron nada.
Al cabo de unas horas todos se marcharon, menos Arauco que se quedó vigilando el gran pino. Por más que los vecinos, la madre, la abuela y los carabineros intentaron llevarse al perro, no lo lograron. Arauco se quedó como plantado allí.
Finalmente, la abuela, a pesar de su dolor se conmovió del perro y cada día le llevaba de comer. Al principio hacía eso, llevarle de comer, pero luego de unos meses, empezó a quedarse más y más tiempo junto a él. Este perro sabe algo, pensaba ella. Y no lo abandonó.
No lo abandonó durante dieciocho años. Allí siempre estuvo con él. Para entonces la abuela estaba muy vieja, pero a Arauco ya le había llegado la hora de morir, estaba aún más viejo que la abuela para ser perro. La abuela de Eva Luna lo comprendió así y no se quiso mover de su lado, a pesar de los ruegos de sus hijos y sus otros nietos. La dejaron tranquila.
Fue entonces que, una tarde, Arauco, ya ciego y echado, empezó a mover la cola. La abuela se acercó a acariciarlo y, entonces, vio que del agujero del viejísimo pino salía una jovencita con una niña muy pequeña, de unos dos años. Atrás de ella, tres viejos perros la acompañaban.
– Soy Eva Luna, abuela– dijo la joven al salir del árbol, entregándole la niña pequeñita– Yo me haré cargo de los perros, usté vaya no más.
La abuela, sin poder responder, tomó la mano de la niñita y se marchó rumbo a casa.
Ya sabía yo que este perro no estaba equivocado, pensó.

lunes, 20 de junio de 2011

El sofá nuevo

A la tienda de muebles de la esquina estraron una mujer y un hombre de unos sesenta años, una edad indefinida que para los chicos es lo mismo que cien, pero que para otros todavía es parte de cierta juventud. La señora tenía unos senos enormes, proporcionales a su trasero; en cambio, lo pies sobre unos tacos muy altos resultaban pequeñísimos para sostener ese cuerpo. El caballero era más bien macizo, con un gorrito tipo tanguero y una chaqueta de cuero. Iban bien abrazados y parecían muy enamorados. Daba un poco de ternura verlos y se le escapaba a un adulto un pensamiento del tipo mirá cuánto puede durar el amor.
La parejita de enamorados veteranos entraron en la tienda de muebles y empezaron a observar los diferentes sillones y sofás del lugar. Un vendedor se les acercó y ya no lo dejó tranquilos. Se sentaron primero en un sofá bastante grande con un tapizado de colores café, amarillo y ocre. Se les veía satisfechos. Le preguntaron el precio al vendedor y sus caras se ensombrecieron, aunque todavía se les veía enamorados. Evidentemente el tema del precio era un asunto importante, sino más exactamente definitorio. Después de mucho sentarse, llegaron a un modesto sillón en que apenas cabían los dos (ya dijimos que la señora tenía un enorme trasero), pero no pareció importales porque, total, estaban tan enamorados que les encantaba estar bien apretados. A estas alturas uno se daba cuenta de que el sillón era un regalo del hombre para su damita. Debido al precio y a la oportunidad de pasar momentos muy juntos, este sillón les pareció la mejor alternativa, sobre todo cuando el vendedor les informó que además de sillón era una baulera, si se levantaban los asientos, abajo quedaba un utilísimo espacio para guardar esos cachivaches que uno no quiere botar pero no sabe todavía para qué usar. Y junto con esto, puesto que eran una pareja tan amorosa, les ofrecía elegir el tapizado que más les gustara. La señora estaba ufana, feliz, contenta, siempre había querido uno de esos tapices peludos que imitan la piel de una cebra o de un tigre, o mejor aún de un jaguar, que era más latinoamericano. Desgraciadamente, imitación de piel de jaguar no tenían, pero había de oferta un tipo de piel de cebra roja, muy sensual (a estas alturas el vendedor ya había notado que la pareja no era un matrimonio de infinitos años, sino una parejita de novios recientes). Ésa eligieron, salieron de la tienda y de un beso se separaron.

La señora iría a esperar que le llevaran el sillón a casa, pero antes tuvo la idea de pasar al mercadito de flores para adornar la sala, que tan acogedora se vería ahora. Tomó el colectivo número 110 que, tras muchas vueltas y revueltas, la dejó en el mercado. Al recorrer los puestos en busca de las flores más apropiadas para convinar con el sillón, le pareció ver a su novio entre la gente. Se acercó y chusmeó desde un kiosco. Sí, era él, pero ¿qué hacía en el mercado de flores? Quizás tuvo la misma idea que ella y quería sorprenderla. Era un caballero de los antiguos, eran tal para cual, quién diría que el amor podía llegar a esta edad. Se sorprendió un poco cuando del puesto salió una mujer de unos 45 años, le tomó la mano y le habló al oído. Después de un breve intercambio de palabras, unas venían, otras iban, como van las palabras, se abrazaron y el novio se marchó. A la señora, que imaginó lo peor (esto es para una mujer de esa edad que el novio tenía otra novia y además bastante más joven), se le llenaron los ojos de lágrimas. Se veía tan caballero, tan amoroso, nunca se hubiera imaginado algo así (o quizás la señora no tenía mucha imaginación). En todo caso, se repuso pronto e ideó un plan.
Se acercó a la mujer más joven y le empezó a conversar, tal cual muchas mujeres se ponen a conversar en una fila del banco o en la parada a propósito de cualquier cosa, el clima, los baches, las enfermedades, el taco de un zapato atrapado en una rejilla, cualquier cosa. En este caso, la novia triste comentó la belleza de las flores y luego, alabando el buen gusto para vestirse de la otra mujer, le pidió consejo para elegir unas flores para su sala que iba a ser remodelada. Ya fuera que la otra tenía buena voluntad o que le sobraba el tiempo o que fuera diseñadora de interiores, aceptó encantada a ayudar a la mujer más vieja. Al final, pasaron una entretenida tarde en el mercado de flores y las dos se cayeron muy simpáticas, tanto, que la señora la invitó a tomarse un café o un té o un mate en su casa mientras esperaban el sofá nuevo.
Por fortuna, los de la tienda eran de esa gente cumplidora que dice a las cinco y llegan cinco para las cinco, así que ahí estaban con el sillón de piel de cebra roja. Maravilloso. Tomaron el té con galletitas de sémola mientras charlaban gratamente. Luego, la señora le mostró el detalle maravilloso del mueble: la baulera. La más joven abrió los asientos y dijo que, efectivamente, era un espacio muy utilizable. La vieja, que traía un pesado florero de otra vieja antepasada para poner las flores, no se había olvidado que esta mujer más joven era la amante de su novio y de un golpe en la cabeza la botó, con tan buena puntería, que más de la mitad del cuerpo cayó dentro de la baulera. Terminó de acomodarla, la tapó con unas pesadas y achacosas alfombras y cerró el sofá.
A la noche esperaba al novio para celebrar el nuevo sofá, pero el señor no llegó. Algo le habría pasado, pero tampoco vino ni llamó al día siguiente ni después de una semana. Y después de una semana, el sofá comenzaba a oler mal. La señora, que vivía en un quinto piso sin ascensor, tomó su carrito de las compras y se fue a la ferretería más próxima, donde compró unas bolsas de cal (la cal sirve, entre otras cosas, para secar cuerpos vivos) y andando, andando, lento por los baches de la veredas y los peldaños de la escalera, regresó a su departamento, abrió la puerta, abrió los asientos del sofá (uh, estaba desagradable allí dentro) y vació las bolsas de cal en la baulera. Luego se sentó a esperar. Y mientras esperaba, día tras día, se fue además entristeciendo, aunque no lograba discernir si por la culpa o la pena. Después, ya dejó de salir, por suerte había toda clase de delivery en el barrio y el hijo del conserje tenía las llaves del departamento para entrar y entregarle los paquetes, de comida principalmente. Ella seguía sentada, viendo tele y comiendo mientras esperaba a que apareciera el novio. Cualquiera puede imaginar en lo que puede terminar una persona en tales condiciones: al cabo de dos meses era una gorda enorme que ya no se podía mover por sí sola.
Hasta que sucedió lo inesperado, es decir lo que la señora ya había dejado de esperar: un tarde apareció el novio. No, no se estaba nada bien tampoco. Había adelgazado mucho, estaba ojeroso y se le veía en la cara que no tenía muchas ganas de vivir. Estaba triste, muy triste, tan triste que no se sorprendió mucho cuando vio a la mujer derrumbada entre su propia carne en el sofá nuevo.
Se miraron sin mucha expresión y ella, como sin ganas, le preguntó que le había pasado. Y él le contestó que la pena lo consumía porque su hermana había desaparecido.
–¿Tienes una hermana?
– Sí, tenía una hermana menor que yo. El día que te regalé este sofá fue la última vez que la vi, en el mercado de las flores, después ya no supe más de ella, se esfumó, no está, no sé que le habrá pasado, mi hermanita querida.
La señora se puso blanca, lívida, azul, sin poder moverse del sofá nuevo (ya fuera por el impacto de la noticia o por la extrema obesidad a la que había llegado). El señor, luego de mucho rato sin hablarse, se fue, igual de triste y ella continuó viendo la tele mientras seguía sentada comiendo del delivery.

domingo, 19 de junio de 2011

Criterio de las improvisaciones nocturnas

Si existe un criterio editorial para los cuentos de las improvisaciones nocturnas es éste: al llegar la noche, a cada uno de mis costados, mi hijos se tienden y me piden un cuento. Me exigen un cuento. A veces la respuesta es que no tengo ninguna idea, estoy cansada para pensar historias, pero ésa no es una excusa válida para ellos y tengo que empezar a narrar. Tomo cualquier cosa como punto de partida: alguna conversación que tuvimos en el día, una situación que nos llamó la atención, un problema que nos costó solucionar, un libro que hojeamos en la librería. Y empiezo. El desarrollo del relato depende de las reacciones de los niños: sorpresa, incredulidad, risa, miedo o desinterés. Ellos suelen acordarse de los cuentos incluso años después y, puesto que a los niños les encantan las repeticiones, muchas veces me piden que les cuente un relato otra vez; pero yo no me acuerdo. Me olvido. Al recordarme ellos las líneas generales de la trama, me parece que lo escucho por primera vez. Y es que nunca tuve el hábito de despertarme al día siguiente y escribir el cuento. Ahora prentendo hacerlo. Claro está que una versión escrita defiere un poco de la oral. En la narración oral tengo pocos procedimientos para comenzar: siempre son los mismos, de hecho: había una vez, éstos eran (dos hermanos, un pájaro, una araña, un pescador, lo que fuere), hace mucho tiempo, en un lugar lejano había, érase una vez... no existe otra forma más adecuada para empezar un cuento oral, no se puede partir de la mitad  o del final, no se puede jugar mucho con la deconstrucción de la línea temporal. Lo he intentado y no resulta, por factores que no voy a explicar ahora (uno, en todo caso, sería que la oralidad no fija, no retiene, no se marca físicamente, por lo que es imposible volver atrás para reconstruir la trama en su línea cronológica o causal). La cosa, se ve, es más flexible en lo escrito. En estas versiones de las improvisaciones nocturnas faltan, por lo tanto, todos los matices de la oralidad que nunca fija y siempre interviene. Y escribo esto también para aclarar y hacer notar con firmeza que estos cuentos, en su origen, están destinados a niños reales que, por lo que se ve, son mucho más tolerantes y dúctiles a las ideas que lo que los mediadores (profesores, padres, editores), en general, creen.

viernes, 17 de junio de 2011

Hongos mágicos en un bosque al lado del mar

Estos dos hermanos habían ido con su familia a acampar a alguna playa extensa y fría del Pacífico sur. Los padres armaron las carpas y encendieron una fogata para calentarse mientras tomaban vino navegado con los otros miembros del grupo (el vino navegado es un vino tinto que navega al calor con cáscaras de naranja; o bien, quiere decir que las cáscaras de naranja navegan en el fluido caliente). Los niños empezaron a aburrirse mucho porque los adultos decían cada vez más tonteras a medida que entibiaban el cuerpo con el vino, así que decidieron, como siempre, jugar entre ellos. El mayor propuso jugar a la guerra (hace poco había visto una película de ésas) y el bosque que había un poco más allá se prestaba muy bien para escondersr y hacer barricadas. La más chica prefería un juego en que intervinieran princesas rebeldes o, al menos, animales que hablan y son una suerte de súper héroes, como Master Mordisco o Súper Cat. Les tomó un tiempo llegar a un acuerdo que básicamente consistía en la mezcla de los dos. Se fueron, entonces, al bosque que estaba bastante iluminado para ser de noche. Jugaron muchísimo tiempo y no vamos a describir los detalles del juego que cada uno de nosotros se puede imaginar a su modo. Tal como como todos sabemos, cuando nos movemos y estamos muy entretenidos, el tiempo pasa muy rápido y sucedió que de pronto tenían una sed y un hambre como si no hubieran comido nada en un día entero. Lo primero que hicieron fue tomar el agua de un arroyo: se veía límpida y no tenía sabor. Luego buscaron qué comer y encontraron hongos al pie de los árboles. El mayor observó que podían ser venenosos, pero la más chica refutó que una babosa se comía uno de ellos, por lo tanto no podían ser venenosos. El hermano estuvo de acuerdo con la lógica y empezaron a comer los hongos. Sin embargo, los hongos tenían un efecto particular que podríamos asociar con la velocidad de la luz: en primer lugar, era posible viajar cualquier lugar en fracción de segundos y "cuaquier lugar" significa tanto otros países como otros planetas y también otras épocas en el futuro o en el pasado. Eso puedo ser tan entretenido que naturalmente cualquiera se hubiese olvidado de los padres tomando vino en la fogata. Otro efecto de la velocidad de la luz es la dilatación del tiempo, esto quiere decir que para quienes viajan a esta velocidad el tiempo no pasa; en cambio para quienes se quedan quietos, sin moverse, como quien dice vegetando, el tiempo pasa muy rápido (aunque ellos sientan que, en realidad, el tiempo no pasa), o sea, que envejecen mientras los que viajan se mantienen jóvenes, como el caso de nuestros niños. De modo que los dos niños se entretuvieron tanto que casi no pelearon. A veces el mayor quería terminar el juego puesto que, siendo mayor, sentía una cosita como responsabilidad con los padres, quienes se podían preocupar porque no aparecían, pero la más chica le argumentaba que no había pasado ni una hora. Así le parecía también al mayor. Al cabo de unas tres o cuatro horas decidieron volver a dormir al campamento. Salieron del bosque y las cosas estaban muy raras: era un hermoso aunque frío día de primavera y no había nadie en la playa, salvo una casita al borde del bosque llena de velas y flores. Y es que en las cuatro o cinco horas que los chicos jugaron en el bosque de los hongos mágicos, afuera habían pasado algo así como setenta o más años: lo padres esperaron muchos años a que estos dos hijos aparecieran, inútilmente. Al final, los dieron por perdidos, tuvieron que seguir con sus vidas y, para esta época, ya habían muerto de viejos.