lunes, 20 de junio de 2011

El sofá nuevo

A la tienda de muebles de la esquina estraron una mujer y un hombre de unos sesenta años, una edad indefinida que para los chicos es lo mismo que cien, pero que para otros todavía es parte de cierta juventud. La señora tenía unos senos enormes, proporcionales a su trasero; en cambio, lo pies sobre unos tacos muy altos resultaban pequeñísimos para sostener ese cuerpo. El caballero era más bien macizo, con un gorrito tipo tanguero y una chaqueta de cuero. Iban bien abrazados y parecían muy enamorados. Daba un poco de ternura verlos y se le escapaba a un adulto un pensamiento del tipo mirá cuánto puede durar el amor.
La parejita de enamorados veteranos entraron en la tienda de muebles y empezaron a observar los diferentes sillones y sofás del lugar. Un vendedor se les acercó y ya no lo dejó tranquilos. Se sentaron primero en un sofá bastante grande con un tapizado de colores café, amarillo y ocre. Se les veía satisfechos. Le preguntaron el precio al vendedor y sus caras se ensombrecieron, aunque todavía se les veía enamorados. Evidentemente el tema del precio era un asunto importante, sino más exactamente definitorio. Después de mucho sentarse, llegaron a un modesto sillón en que apenas cabían los dos (ya dijimos que la señora tenía un enorme trasero), pero no pareció importales porque, total, estaban tan enamorados que les encantaba estar bien apretados. A estas alturas uno se daba cuenta de que el sillón era un regalo del hombre para su damita. Debido al precio y a la oportunidad de pasar momentos muy juntos, este sillón les pareció la mejor alternativa, sobre todo cuando el vendedor les informó que además de sillón era una baulera, si se levantaban los asientos, abajo quedaba un utilísimo espacio para guardar esos cachivaches que uno no quiere botar pero no sabe todavía para qué usar. Y junto con esto, puesto que eran una pareja tan amorosa, les ofrecía elegir el tapizado que más les gustara. La señora estaba ufana, feliz, contenta, siempre había querido uno de esos tapices peludos que imitan la piel de una cebra o de un tigre, o mejor aún de un jaguar, que era más latinoamericano. Desgraciadamente, imitación de piel de jaguar no tenían, pero había de oferta un tipo de piel de cebra roja, muy sensual (a estas alturas el vendedor ya había notado que la pareja no era un matrimonio de infinitos años, sino una parejita de novios recientes). Ésa eligieron, salieron de la tienda y de un beso se separaron.

La señora iría a esperar que le llevaran el sillón a casa, pero antes tuvo la idea de pasar al mercadito de flores para adornar la sala, que tan acogedora se vería ahora. Tomó el colectivo número 110 que, tras muchas vueltas y revueltas, la dejó en el mercado. Al recorrer los puestos en busca de las flores más apropiadas para convinar con el sillón, le pareció ver a su novio entre la gente. Se acercó y chusmeó desde un kiosco. Sí, era él, pero ¿qué hacía en el mercado de flores? Quizás tuvo la misma idea que ella y quería sorprenderla. Era un caballero de los antiguos, eran tal para cual, quién diría que el amor podía llegar a esta edad. Se sorprendió un poco cuando del puesto salió una mujer de unos 45 años, le tomó la mano y le habló al oído. Después de un breve intercambio de palabras, unas venían, otras iban, como van las palabras, se abrazaron y el novio se marchó. A la señora, que imaginó lo peor (esto es para una mujer de esa edad que el novio tenía otra novia y además bastante más joven), se le llenaron los ojos de lágrimas. Se veía tan caballero, tan amoroso, nunca se hubiera imaginado algo así (o quizás la señora no tenía mucha imaginación). En todo caso, se repuso pronto e ideó un plan.
Se acercó a la mujer más joven y le empezó a conversar, tal cual muchas mujeres se ponen a conversar en una fila del banco o en la parada a propósito de cualquier cosa, el clima, los baches, las enfermedades, el taco de un zapato atrapado en una rejilla, cualquier cosa. En este caso, la novia triste comentó la belleza de las flores y luego, alabando el buen gusto para vestirse de la otra mujer, le pidió consejo para elegir unas flores para su sala que iba a ser remodelada. Ya fuera que la otra tenía buena voluntad o que le sobraba el tiempo o que fuera diseñadora de interiores, aceptó encantada a ayudar a la mujer más vieja. Al final, pasaron una entretenida tarde en el mercado de flores y las dos se cayeron muy simpáticas, tanto, que la señora la invitó a tomarse un café o un té o un mate en su casa mientras esperaban el sofá nuevo.
Por fortuna, los de la tienda eran de esa gente cumplidora que dice a las cinco y llegan cinco para las cinco, así que ahí estaban con el sillón de piel de cebra roja. Maravilloso. Tomaron el té con galletitas de sémola mientras charlaban gratamente. Luego, la señora le mostró el detalle maravilloso del mueble: la baulera. La más joven abrió los asientos y dijo que, efectivamente, era un espacio muy utilizable. La vieja, que traía un pesado florero de otra vieja antepasada para poner las flores, no se había olvidado que esta mujer más joven era la amante de su novio y de un golpe en la cabeza la botó, con tan buena puntería, que más de la mitad del cuerpo cayó dentro de la baulera. Terminó de acomodarla, la tapó con unas pesadas y achacosas alfombras y cerró el sofá.
A la noche esperaba al novio para celebrar el nuevo sofá, pero el señor no llegó. Algo le habría pasado, pero tampoco vino ni llamó al día siguiente ni después de una semana. Y después de una semana, el sofá comenzaba a oler mal. La señora, que vivía en un quinto piso sin ascensor, tomó su carrito de las compras y se fue a la ferretería más próxima, donde compró unas bolsas de cal (la cal sirve, entre otras cosas, para secar cuerpos vivos) y andando, andando, lento por los baches de la veredas y los peldaños de la escalera, regresó a su departamento, abrió la puerta, abrió los asientos del sofá (uh, estaba desagradable allí dentro) y vació las bolsas de cal en la baulera. Luego se sentó a esperar. Y mientras esperaba, día tras día, se fue además entristeciendo, aunque no lograba discernir si por la culpa o la pena. Después, ya dejó de salir, por suerte había toda clase de delivery en el barrio y el hijo del conserje tenía las llaves del departamento para entrar y entregarle los paquetes, de comida principalmente. Ella seguía sentada, viendo tele y comiendo mientras esperaba a que apareciera el novio. Cualquiera puede imaginar en lo que puede terminar una persona en tales condiciones: al cabo de dos meses era una gorda enorme que ya no se podía mover por sí sola.
Hasta que sucedió lo inesperado, es decir lo que la señora ya había dejado de esperar: un tarde apareció el novio. No, no se estaba nada bien tampoco. Había adelgazado mucho, estaba ojeroso y se le veía en la cara que no tenía muchas ganas de vivir. Estaba triste, muy triste, tan triste que no se sorprendió mucho cuando vio a la mujer derrumbada entre su propia carne en el sofá nuevo.
Se miraron sin mucha expresión y ella, como sin ganas, le preguntó que le había pasado. Y él le contestó que la pena lo consumía porque su hermana había desaparecido.
–¿Tienes una hermana?
– Sí, tenía una hermana menor que yo. El día que te regalé este sofá fue la última vez que la vi, en el mercado de las flores, después ya no supe más de ella, se esfumó, no está, no sé que le habrá pasado, mi hermanita querida.
La señora se puso blanca, lívida, azul, sin poder moverse del sofá nuevo (ya fuera por el impacto de la noticia o por la extrema obesidad a la que había llegado). El señor, luego de mucho rato sin hablarse, se fue, igual de triste y ella continuó viendo la tele mientras seguía sentada comiendo del delivery.

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