domingo, 19 de junio de 2011

Criterio de las improvisaciones nocturnas

Si existe un criterio editorial para los cuentos de las improvisaciones nocturnas es éste: al llegar la noche, a cada uno de mis costados, mi hijos se tienden y me piden un cuento. Me exigen un cuento. A veces la respuesta es que no tengo ninguna idea, estoy cansada para pensar historias, pero ésa no es una excusa válida para ellos y tengo que empezar a narrar. Tomo cualquier cosa como punto de partida: alguna conversación que tuvimos en el día, una situación que nos llamó la atención, un problema que nos costó solucionar, un libro que hojeamos en la librería. Y empiezo. El desarrollo del relato depende de las reacciones de los niños: sorpresa, incredulidad, risa, miedo o desinterés. Ellos suelen acordarse de los cuentos incluso años después y, puesto que a los niños les encantan las repeticiones, muchas veces me piden que les cuente un relato otra vez; pero yo no me acuerdo. Me olvido. Al recordarme ellos las líneas generales de la trama, me parece que lo escucho por primera vez. Y es que nunca tuve el hábito de despertarme al día siguiente y escribir el cuento. Ahora prentendo hacerlo. Claro está que una versión escrita defiere un poco de la oral. En la narración oral tengo pocos procedimientos para comenzar: siempre son los mismos, de hecho: había una vez, éstos eran (dos hermanos, un pájaro, una araña, un pescador, lo que fuere), hace mucho tiempo, en un lugar lejano había, érase una vez... no existe otra forma más adecuada para empezar un cuento oral, no se puede partir de la mitad  o del final, no se puede jugar mucho con la deconstrucción de la línea temporal. Lo he intentado y no resulta, por factores que no voy a explicar ahora (uno, en todo caso, sería que la oralidad no fija, no retiene, no se marca físicamente, por lo que es imposible volver atrás para reconstruir la trama en su línea cronológica o causal). La cosa, se ve, es más flexible en lo escrito. En estas versiones de las improvisaciones nocturnas faltan, por lo tanto, todos los matices de la oralidad que nunca fija y siempre interviene. Y escribo esto también para aclarar y hacer notar con firmeza que estos cuentos, en su origen, están destinados a niños reales que, por lo que se ve, son mucho más tolerantes y dúctiles a las ideas que lo que los mediadores (profesores, padres, editores), en general, creen.

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