viernes, 24 de junio de 2011

Eva Luna

Ésta es una noticia que leí hace un par de años.
Eva Luna, una niña de cinco años, aburrida de observar a su madre trabajar en la casa de un lugar llamado Laguna Verde, frente al mar y rodeado de plantaciones de pino y eucaliptos, comenzó a jugar con los tres perros de la casa. Entre saltos y carreras, Eva Luna y los perros se fueron internando en las plantaciones aledañas, lo que habrá hecho el juego más emocionante después de haber leído algunos de esos cuentos como Hansel y Gretel o Caperucita. Pronto, porque siempre es pronto cuando se juega, llegó la noche. Era invierno y estaba muy frío. Al atardecer suele bajar una niebla helada que todo lo cubre y casi nada deja ver hasta la mañana siguiente. Eva Luna y los perros buscaron refugio en el hueco, muy grande, de un pino muy viejo (por eso su tronco era tan ancho).
A eso de la hora de la merienda, la madre se dio cuenta de que la niña no estaba con ella, como siempre. La buscó en el jardín de tierra y no la encontró. La buscó dentro de la casa, por todos los rincones, abajo de las camas y los sillones, adentro de los muebles y baúles y no la encontró. La madre, como le hubiera sucedido a cualquier madre, entró en pánico, empezó a gritar y llorar. Vinieron los vecinos, vino la madre que vivía unas casas más allá. Todos se pusieron a buscar a Eva Luna, pero no la encontraron.
Decidieron, entonces, llamar a los carabineros.
Tres días enteros, con sus noches, buscaron a Eva Luna recorriendo pedazo por pedacito los alrededores de la casa, incluidas las plantaciones de pino y eucaliptus y no la encontraron.
Entonces, trajeron a un perro, Arauco, que trabajaba en eso, en buscar personas perdidas. Arauco tomó decidido un camino entre los árboles, cerro abajo, en dirección al mar. Los demás, madre, abuela vecinos, carabineros, periodistas (porque ya habían llegado los periodistas que cuentan esta historia), siguieron al perro Arauco. Caminaron más de dos kilómetros hasta que llegaron a un enorme y viejo pino con un agujero en su base. Arauco se metió y comenzó a ladrar. Todos corrieron. Pero no encontraron nada.
Al cabo de unas horas todos se marcharon, menos Arauco que se quedó vigilando el gran pino. Por más que los vecinos, la madre, la abuela y los carabineros intentaron llevarse al perro, no lo lograron. Arauco se quedó como plantado allí.
Finalmente, la abuela, a pesar de su dolor se conmovió del perro y cada día le llevaba de comer. Al principio hacía eso, llevarle de comer, pero luego de unos meses, empezó a quedarse más y más tiempo junto a él. Este perro sabe algo, pensaba ella. Y no lo abandonó.
No lo abandonó durante dieciocho años. Allí siempre estuvo con él. Para entonces la abuela estaba muy vieja, pero a Arauco ya le había llegado la hora de morir, estaba aún más viejo que la abuela para ser perro. La abuela de Eva Luna lo comprendió así y no se quiso mover de su lado, a pesar de los ruegos de sus hijos y sus otros nietos. La dejaron tranquila.
Fue entonces que, una tarde, Arauco, ya ciego y echado, empezó a mover la cola. La abuela se acercó a acariciarlo y, entonces, vio que del agujero del viejísimo pino salía una jovencita con una niña muy pequeña, de unos dos años. Atrás de ella, tres viejos perros la acompañaban.
– Soy Eva Luna, abuela– dijo la joven al salir del árbol, entregándole la niña pequeñita– Yo me haré cargo de los perros, usté vaya no más.
La abuela, sin poder responder, tomó la mano de la niñita y se marchó rumbo a casa.
Ya sabía yo que este perro no estaba equivocado, pensó.

1 comentario:

El Maestro dijo...

simplemente genial
simple y genial
gracias