El problema de la motivación a la lectura en los niños chilenos no se resuelve con campañas publicitarias ni con más “planes lectores”. Su raíz está en la falta de tiempo de ocio, cada vez más asfixiado por un sistema escolar que mide, clasifica y evalúa sin descanso. El Simce —y su amenaza de extenderse incluso a segundo básico— no es una simple prueba: es un dispositivo que organiza la vida escolar entera en torno al rendimiento. Cuando lo único que importa es contestar correctamente, toda expresión artística queda relegada al último plano, o desaparece.
A esto se suma la jornada escolar completa: niños y niñas que entran a las ocho de la mañana y salen después de las cuatro de la tarde. Un sistema que, en la práctica, alivia a los padres trabajadores —que pueden “confiar” en que sus hijos estarán contenidos en la escuela— pero que les roba a esos mismos hijos el tiempo indispensable para el ocio, para el juego, para la lectura como placer y no como tarea. Los planes lectores, en ese contexto, pueden ser un paliativo, pero no alcanzan: lo que falta es devolver a la infancia el derecho a un tiempo propio.
Hoy la educación chilena se ha convertido en un gigantesco adiestramiento para completar formularios llamados pruebas, con la culminación en el examen de ingreso a la universidad. Ese examen no iguala: amplía las diferencias estructurales de las injusticias sociales y económicas. Se reproduce así un círculo vicioso: la escuela que debería abrir mundos se convierte en un embudo que estrecha horizontes, y la literatura infantil, cuando se somete a esa lógica, queda reducida a un apéndice pedagógico más.
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