Que el Estado de un país financie con veinte mil dólares un libro titulado Por qué es importante y cómo leerle a niños entre 0 y 7 años dice mucho de lo mal que está ese país. Y si la autora resulta ser una psicóloga educacional que ha confesado sin pudor que nunca fue buena lectora (por no decir que jamás leyó literatura), entonces no se puede esperar encontrar ahí una reflexión valiosa. Lo que habrá, con suerte, es una pauta de autoayuda para madres, padres y docentes parvularios atribulados: una serie de tips que les darán la tranquilidad de saber que la lectura “estimula” el desarrollo psicológico del niño, junto a otras burradas de corte cognitivo-didáctico que fascinan a la mayoría de los maestros. Paulo Freire ya advertía que la educación bancaria:
“En la concepción ‘bancaria’ de la educación, el saber es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que juzgan nada saber. (...) La educación se convierte en un acto de depositar, en el que los alumnos son los depositarios y el educador quien deposita. (...) En lugar de comunicar, el educador hace comunicados y depósitos que los alumnos pacientemente reciben, memorizan y repiten.” (Pedagogía del oprimido, cap. 2).
Esa educación que reduce la lectura a un instrumento de adiestramiento— no emancipa a nadie, solo reproduce obediencias. En Chile, como en tantos lugares, la urgencia parece ser demostrar que la lectura —no la literatura— sirve “para algo”.
Si el Estado financia un libro con un título tan pobre (y hablemos también de esa sintaxis) es porque todavía nadie sabe, a estas alturas, cuáles son los supuestos beneficios de la lectura. Graciela Montes recordaba que la literatura infantil vive atrapada entre la domesticación y la frontera indómita: o se la convierte en catecismo, o se la deja ser juego de lenguaje que abre mundos. Sería demasiado pedir que se reflexionara, siquiera en el ámbito de la literatura infantil, sobre un asunto que se arrastra desde hace siglos: ¿es útil la literatura? Roland Barthes ya respondía con una ironía que sigue vigente: la literatura “no sirve para nada”, salvo para recordarnos que no todo debe servir. En Chile parece que aún no se llega a esa pregunta. Siguen tratando de convencerse de que leer es un beneficio, aunque lo más pertinente sería preguntarse: ¿beneficio para quién?
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